domingo, 23 de septiembre de 2007

LLEGADA DE LOS WHITE A COLOMBIA ....

FECHA Y CIRCUNSTANCIAS DE LA LLEGADA DE
LOS WHITE A COLOMBIA
Debido a que en el texto de Robert Blake White sobre "Ascenso de un volcán andino en erupción", que publicamos en este mismo blog ( http://robertobwhite.blogspot.com/2007/09/ascenso-de-un-volcn-andino-en-erupcin.html ), aparece que "El 4 de octubre de 1869 ..." ya estaba él en territorio colombiano (en Popayán) surgieron dudas sobre la fecha de llegada de los White al país. En algunos documentos se había mencionado el año de 1870. Varios parientes y contertulios están investigando sobre este asunto. Tal es el caso de Bernardo White Uribe, bereda@une.net.com , quie hoy nos envía copia de una carta que enseguida reproducimos. Bernardo nos dice en su mensaje:
Fecha de entrada de los White al país
De: bernardo white ( bereda@une.net.co )
Enviado:domingo, 23 de septiembre de 2007, 09:17:41 a.m.
Para: TERTULIA WHITE, tertuliawhite@gmail.com y gaboruizar@hotmail.com
ANEXO: Tomas Cpr...jpg (1415,1 KB)
Gabriel: Le estoy enviando una copia de la carta escrita, el 27 de Marzo de 1868, por Tomás Cipriano de Mosquera, dirigida a Robert B. White. No hemos podido descifrar completamente lo que dice la carta; tal vez algún contertulio pueda hacerlo. Bernardo White Uribe, bereda@une.net.com .
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Agradecemos a Bernardo en envío de tal valioso documento histórico. Y solicitamos colaboración para "descifrar" su contenido y para aportar otras pruebas sobre la fecha de llegada de los WHITE a Colombia.
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LA CARTA
Clic sobre la imagen para ampliarla y hacerla "más legible". Clic en "Atrás" para volver aquí.


Traducción (parcial) de la Carta de Don Robert
De: Maria Eugenia Dominguez ( mariaeugenia.dominguez@gmail.com )
Enviado: martes, 25 de septiembre de 2007 . 10:22:14 p.m.
Para: TW, Gabriel Ruiz ( gaboruizar@hotmail.com )
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Señor Roberto B White
Lima, 27 de Marzo de 1868

Mi Señor mío

Cuando estuve preso por los … del 20 de Mayo no recibía…. Pero si creo que llego un informe, y luego el abreu

Estoy satisfecho con lo que ha hecho U y de sus opiniones. . El contrato con los Hermanos Restrepo he aprobado, y es necesario que siga tu obra entre Buenaventura por tienes Yo seguiré con la empresa que he tenido siempre, y ……..esperar aquí, regresaran al país
para llevar …y vino en Bogota y es natural que lo encuentre.
Yo seguiré con el empeño que he tenido siempre, y mi punte esper a que recuperar el país, para llevar adelante esta empresa sin la cual el Cauca no es nada,

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Actualizó GRA, Sept. 26, 2007. 8:34 AM

domingo, 9 de septiembre de 2007

ASCENSO A UN VOLCAN ... Por Roberto B. White


Ascenso de un volcán andino en erupción
Por Robert Blake White, I. C.
Publicado en la revista de la Sociedad Escocesa de Geografia ( ''Scottish Geographical Magazine'') , en febrero de 1903. Traducido por Enrique Uribe White. Tomado de la Revista PAN No. 2 de Septiembre de 1935.

Agradecemos al pariente Byron White ( enbyronment@gmail.com ) el envío del texto de este documento que antes habíamos publicado en parte*, en imagenes que nos envío el pariente Germán Puerta ( gpuerta@colomsat.net.co ).
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unas diez y seis y media millas (26 kilómetros 548 metros.) queda el volcán de Puracé, al Este-Sureste de la ciudad de Popayán, capital del departamento del Cauca, en la Republica de Colombia. Es uno de los gigantes de la Cordillera Central de los Andes y su altura es de unos 15.070 pies sobre el nivel del mar (4.593 metros). La línea de las nieves perpetuas está a los 14.700 pies (4.480 metros), no lo suficiente para formar ventisqueros, o “glaciers”, pero sí lo suficientemente elevada para mantener nieve de una profundidad media de 3 pies (0,91 metros) sobre la cima de la montaña.

Desde el tiempo de la conquista española no había tenido lugar una erupción violenta, hasta el año de 1849, aunque nunca se extinguió del todo el volcán. Numerosos azufrales o solfataras y fuentes calientes daban cuenta de su actividad y un río llamado el Vinagre nació en el pié noroeste del gran cono. Las aguas de éste río contienen un promedio de 0.11% de ácido sulfúrico y 0.09% de ácido clorhídrico, según el análisis de Boussingault. Tan ácido es ese río que la espuma de una bonita cascada, llamada San Antonio, cerca de la población de Puracé, causa tal ardor en la piel y en los ojos que lo obliga a uno a guardarse a buena distancia de élla.

En 1849 hubo una erupción de tal violencia que se dice que voló la parte superior del cono, bajando el volcán considerablemente y ampliando el cráter.

En 1868 el cráter era casi circular y medía unos 1.800 pies (548 metros.) de diámetro, con una profundidad de unos 350 pies (107 metros.). En el fondo existía un lago de agua caliente del cual salía vapor. Las rampas interiores eran, en lo general, regulares; rotas aquí y allá por masa de lava solidificada. Cuando, en ese año, estuve en el borde del cráter no parecía que hubiera nada aterrador en él. Muchos de los cráteres escoceses se les asemejan mucho.

Esta descripción corta es lo suficiente para mi narración. Accidentes de menor importancia como cavernas de azufre, comodidades para hervir huevos y afeitarse, escapes de gas, deletéreos para los perros y otras manifestaciones crónicas de la actividad volcánica, no necesitan citarse: son las mismas para todos los volcanes.

De los flancos SWW y NW de la montaña descienden un número de quebradas que forman el río Cuca; el cual, después de correr por algunas millas en un hondo cañón en dirección al norte da la vuelta hacia el occidente y después al WSW, pasando a poco más o menos una milla de Popayán. Así, el cañón del Cauca queda entre la ciudad y el volcán lo mismo que una cadena de montañas, 1.700 pies (518 metros) más alta que la ciudad. Ninguna corriente de lava, por consiguiente, puede jamás llegar a Popayán.

El 4 de octubre de 1869 a la una y veinte de la madrugada los habitantes de la ciudad fueron despertados por una explosión terrible, acompañada de severo temblor de tierra. Todos salieron a las calles, donde se podía obtener una vista del volcán. El cráter estaba encendido en llamas y, naturalmente, siguió el pánico, como ésos que recientemente han tenido lugar en Fort de France. Residía yo en una casa en la esquina de una calle de donde se veía el Puracé, y el Alcalde me llamó en tonos tan suplicatorios que hube de salir para calmarlo. Una masa rugiente de llamas, de todo el ancho del cráter, se levantaba a una altura de más de 5.000 pies (1.524 metros); sobre las llamas, una negra columna de humo continuaba levantándose en densas masas, todo ello era iluminado por un incesante relampaguear en zig-zags, de maravillosos colores, y más arriba aún una nube inmensa, gris y negra aumentaba lateralmente, con gran rapidez, en tamaño y se extendía como un palio. Tomé la altura de esta nube con mi teodolito, el cual nivelé a la luz de la erupción, y dio un ángulo vertical de 22°, que en una distancia de 16½ millas (26 kilómetros), dió su altura como cercana a 11.270 metros. Intenté conseguir de los habitantes que volvieran a sus casas, diciéndoles que habríamos de tener una lluvia de cenizas antes del amanecer, más fue inútil -estaban demasiados asustados-. Cientos huyeron a las llanuras cercanas al río Cauca, en donde, en menos de dos horas, los aterrorizó la tremenda creciente del río, que tiene su canal principal al pié del volcán y cae entre éste y Popayán más de 2.000 pies (609 metros) en quince millas (24 kilómetros). Esta avenida fue causada por el casi instantáneo fundirse de no menos de 8.000.000 de pies cúbicos (250.000 metros cúbicos) de nieve que demoraban en las faldas de la montaña, y el torrente de agua arrastró consigo muchos más millones del suelo volcánico disgregado que formaba las faldas y la base del cono, junto con las enormes cantidades de material arrojado por la explosión. Formóse así un diluvio de lodo que arrastraba consigo rocas de más de cien toneladas de peso; este barro, intensamente ácido, destruyó toda la pesca del río Cauca y de las lagunas que lo rodean, en una distancia de más de 300 millas (480 kilómetros).

Mi amigo el Alcalde, como todo el resto, acampó en la calle con toda su familia, y como no habría de escuchar mi consejo, díle a él y a los suyos un trago de buen brandy, forma de amonestación que hallaron aceptable, y después de tomar yo mismo una dosis del mismo sedativo, retiréme a mi casa. A las cuatro de la mañana fui despertado por tremendos golpes en la puerta, y hube de darme prisa para admitir el Gobernador del estado y a sus secretarios, a quienes acompañaba una multitud de gente. Venían a suplicarme en nombre de la humanidad, que fuera al volcán e informara sobre el peligro que pudiera aún amenazar la vecindad; decían que era yo el único hombre en Popayán competente para formar una opinión; lo cual era verdad, por que, al decir del proverbio español, “en tierra de ciegos el tuerto es rey”. De tal manera que, reconociendo la necesidad, y no dando tanto pensamiento al riesgo como al fenómeno interesante que habría de contemplar, dije: “Voy”.

A las cinco de la mañana todo estaba listo. Como compañeros tenía dos peones, un voluntario llamado Teodoro Boevin, un alemán, fallecido ya, y un empleado del Gobierno que abría de actuar como ecónomo y comisario, llamado Rafael Mosquera, que vive aún. Particularmente buenos eran nuestros caballos; cruzamos el río Cauca a su orilla derecha por el puente español de piedra que milagrosamente había resistido la avenida, y a las siete, de Pisojé, obtuvimos una maravillosa vista del volcán. Una inmensa columna de vapor, estriado de llamas, se levantaba del cráter a gran velocidad, hasta una altura de una milla o más, en donde formaba nubes como cúmulos densos que se levantaba, masas sobre masas, impelidos por el poderoso, hasta que, a una elevación de unas tres millas se extendían a derecha e izquierda como el follaje de un árbol inmenso. Parecía que hubiese poco humo y ninguna ceniza, de tal manera que el prospecto no era descorazonador. En cuanto a la ceniza que había caído, cubrió los campos a una profundidad de pulgada y media, que aumentaba al acercarnos al volcán; no es esto una cantidad excesiva porque más grande aún cayó al sur y al sureste, llevada por el viento; la lluvia de piedras cerca del volcán fue de importancia y en la hacienda de Coconuco mató los rebaños.
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El volcán Puracé en erupción.-Octubre 4 – 1869 – Dibujo original de R. B. White, publicado en
litografía en el ''Scottish Geographical Magazine'' y copiado ahora para el zincograbado
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A eso de las once llegamos al valle del río Anambío, formado por las quebradas que vienen de los flancos W y NW del Puracé. A lado y lado del río había terrazas sembradas de anís; encontramos estas terrazas cubiertas de lodo y ni trazas del camino; de tal manera que tuvimos que enviar un hombre con un palo para que fuese sondeando; este lodo tenía tres y tres y medio pies en los lugares menos profundos. Tomamos las bestias del cabestro, levantamos los estribos, nos desvestimos, y empezamos atravesar el mar de lodo, con la ayuda de buenos bordones. Bien rudo era el trabajo, pero así luchamos alegremente por unas trescientas yardas, hasta el río; el agua era caliente y muy ácida, vadeamos en gran prisa y luego nos hundimos en otras trescientas yardas de lodo en la otra orilla. Hasta aquí habíamos encontrado el lodo viscoso y de muy mal olor, lo que era de esperar pero lo que no sabíamos era que pudiera picar en la piel. Como el sol calentaba, el barro empezó a secarse rápidamente y al instante sentimos un tremendo picor causado, claramente, por un amplio porcentaje de ácido sulfúrico presente en el lodo. Y, ¿en dónde lavarnos? Quinientas yardas adelante había un riachuelo; poco nos demoramos, nos resolvimos y corrimos; en esta carrera no había orden, ni era del todo respetable, ni la manera aceptada para excursionistas. Un objeto teníamos el cual era muy urgente. Cuando nos hubimos lavado, en lo que no hubo prisa, nos encontramos ardidos al color de langostas, de la cintura hacía abajo; de manera que hubimos de jabonarnos y lavarnos mejor antes de seguir nuestro viaje. Continuamos un poco más respetuosos del Puracé y con cierta curiosidad sobre las futuras diversiones que pudiera guardarnos el volcán.

Llegamos a la Aldea de Puracé a las dos p.m., en donde fuimos recibidos de manera entusiasta. Muy asustadas estaban las gentes pero nadie había dejado el lugar. Fuerte había sido la lluvia de piedras, que no eran muy grandes, y únicamente unos pocos habían sido lastimados. Bramaba roncamente el volcán con solo una explosión cada quince o veinte segundos, lo cual causaba una cierta pulsación en la historia de terrores que el Alcalde contaba y el uso copioso y profano de la famosa interjección hispana. Sin embargo nuestra misión piadosa era apreciada y muchas de las gentes creían que yo era capaz de apaciguar la montaña (puesto que tenía de ella un buen conocimiento, y muy probablemente había leído en el mismísimo libro del demonio, allá arriba, y hallado sus secretos). De tal manera que se urgieron y hornearon galletas y mogollas de la magnífica harina indígena, sacrificaron ovejas, arrancaron papas y arracachas y, en fin, reunieron una buena cantidad de misceláneas provisiones.

Al otro día, a las siete a. m.. salimos. La montaña se encuentra a una distancia de tres millas únicamente y el camino es bastante bueno, pero gastamos tres horas para alcanzar el campamento, porque teníamos de recolectar leña y reunir paja seca para las camas y el rancho. Llevamos bueyes y caballos-ambos de tamaño enano, como -shetlands- acostumbrados a subir a la montaña para bajar nieve a Popayán, y unos quince indígenas fuertes y avispados que fueron escogidos por su capitán y amenazados de severa paliza si no se manejaban bien (únicamente su propio jefe los puede tratar así, pero él es muy atento a los deseos del alcalde). Escogí el sitio de mi viejo campamento del año anterior; su altura sobre el nivel del mar es de unos 13.050 pies (2.100 metros) y la temperatura iba de treinta grados Fahrenheit en la mañana a 55° ( 0ºC a 12ºC en la hora más caliente del día. El lugar estaba guarnecido del viento y había una fuente de agua clara y otra de agua caliente, suficientemente pura para lavar y cocinar. Un riachuelo de gran volúmen descendía de la cara occidental de la montaña y caía desde una repisa de lava a unas treinta yardas de distancia, en una bella cascada de 100 pies y se hundía en una precipitosa cañada. Hacia el este, el terreno se levantaba en plano inclinado, de unas 500 yardas (457 metros) de ancho por 800 (731 metros)en longitud norte-sur. Esta planicie se denomina "Los Cenizales", y a su extremo oriental está el pie del propio cono del Puracé (véase dibujo). El cono tiene una gradiente de 40 grados hasta el borde del cráter, 2.000 pies (610 metros) de altura vertical sobre el campamento, y distante unos 4.200 pies (1.280 metros) en línea recta. Teníamos, por consiguiente, una visión muy nítida de toda la faz occidental del cono.

Antes de caer la noche estábamos muy bien acomodados. Se levanto una tienda para los peones, y para mi compañero y para mí se construyó un rancho de cespedones de paja - lo último de la vegetación - techado con la misma paja. Los indígenas excavaron un horno y un hueco para el fuego, de la manera que acostumbran, en una barranca cercana. Cuando ya habíamos comido y las sombras caían, empezó el espectáculo. La pirotecnia era impresionante lo bastante a luz de día, pero en la obscuridad era, en verdad maravillosa y -debo decirlo- aterradora tanto a la vista como al oído.

Todo el cráter estaba encendido; bramadoras lenguas de fuego eran despedidas de él a más de 1.000 pies, como disparadas con fiera violencia; no se retorcían y ondulaban cual las llamas comunes, sino que parecían exactamente lo que eran: un chorro poderoso de gas bajo enorme presión. Encima dc las llamas se levantaba una columna de vapor, blanco, rojo, anaranjado, amarillo, azul, verde, de todos colores, iluminado por la deslumbradora brillantez, y seguía el loco ascender de la llamarada por no menos de 2.000 pies, y entonces empezaba a romperse en cúmulos de masas que aparecían coronadas por una nube negra que iba extendiéndose. Quizá esta nube parecía negra solamente por contraste, por que en su seno se contemplaba el terrible espectáculo del rayo, zigzagueante, ramificado y como en disparos, que no cesaba un instante. Posiblemente el bramar de1 volcán impedía que se oyera su trueno, que de todas maneras, no era distinguible. Supuse que la electricidad era generada por el vapor, acordándome del experimento de nuestras primeras lecciones en Física.

La tierra era sacudida en continuo temblor, claramente causado por la salida veloz del chorro pavoroso de vapor y de gas; mas, me sentí bien seguro de que no corríamos gran peligro en donde estábamos, y sintiéndonos bastante enfriados, y en estas alturas los 32°F (0° centígrados) no es chanza alguna, nos acostamos a eso de las ocho. Poco hacía que nos hallábamos dormitando cuando oímos una especie de nuevo bramar de la montaña; pronto creció en intensidad; parecía originado de más cerca y con un sonido como de golpe o tambores. En cinco minutos ese tronar volvióse aterrador: claro entonces pareció que una avalancha o diluvio de alguna clase bajaba con velocidad de la montaña. Todos nos levantamos; los indios corrieron a alguna elevación cercana; abajo vino la avenida, porque tal era, con un sonido ensordecedor al arrojarse sobre los precipicios en la cañada de al lado. La tierra se sacudió a medida que las inmensas rocas se rompían en el fondo y se hacían añicos la una contra la otra en su caída. Sin embargo, todo paso en dos minutos. Después, a expensas de alguna molestia y calmados los temores de los indios, todos nos acostamos otra vez y yo intentaba imaginarme el por qué de esta extraña ocurrencia que podía volverse a repetir. Mi explicación de éllo fue que la temperatura baja de la noche condensó la gran nube de vapor que se levantaba del cráter y produjo una fuerte caída de nieve, la cual se fundió rápidamente en la superficie calentada del fondo, y el agua, recogiendo nieve sin derretir, suelo disgregado y rocas, formó un torrente de lodo de gran volúmen y poderosa fuerza. Eso era así pero mi explicación, aunque distraía nuestros temores, no nos salvó de la molestia que, hora por hora durante toda la noche, nos causaban estas avenidas, rugiendo y bramando y golpeando tan cerca de nuestro campamento. La cañada era nuestra salvaguardia, tal como yo había calculado lo sería en el caso de que una capa de ácido carbónico rodara de la montaña, un peligro del cual ya había tenido antes alguna experiencia.

Vino la mañana y nos encontró bien y listos para el ascenso al cono; sinembargo; en esa noche muy poco se durmió debido a los temblores, que mi almohada de aire magnificaba inconfortablemente, observación que puede servir a algún otro visitante de estos fenómenos volcánicos ya que, de entonces en adelante, la paja me sirvió muy bien de almohada. Únicamente una ruta era practicable para llegar al cráter: la que seguía una arruga de la cara noroeste del cono. Esta arruga o filo era constituido de un antiguo derrame de lava, ni la mitad tan erguido Como los lados del cono. Unos quinientos pies debajo de la cima constituía una especie de ensillada, con una gran masa de rocas de lava hacia el norte. Este punto se llama "La Horqueta" y se ve en el dibujo, a la izquierda. Para alcanzarla, el camino subía por los campos de ceniza al pie del cono y, luego, diagonalmente a través de su faz, ascendiendo gradualmente y pasando por las solfataras que se muestran en el dibujo. Hubo antes un sendero practicable por bestias, pero había desaparecido por causa de la erupción y ahora el camino quedaba por encima de cenizas y de piedras sueltas. Pero faltaba una brisa del noroeste sin la cual las guedejas perdidas de vapor y de gases hacían imposible el ascenso. El viento soplaba del lado más desfavorable y empleé todo el día en estudiar lo que pude del carácter de la erupción. Poca ceniza había caído, por que, como ya se dijo, su mayor volumen había sido soplado hacia el lado del sur y del sureste; pero sí había caído una gran cantidad de rocas; algunas eran de enorme tamaño y se habían enterrado en la ceniza suelta, en donde quedaban escondidas en charcos hirvientes de lodo; otras habían golpeado suelo más duro, y sus fragmentos estaban regados por todo el contorno, y otras, más pequeñas aún, no habían penetrado mucho suelo. De éstas, algunas excavé y examiné; muchas estaban aun calientes y algunas de las grandes, lo suficiente para encender un cigarro. Sinembargo, no encontré bombas ni signos de fusión de las rocas, sino, raramente, una vidriación superficial, como se puede producir por una llama instantánea.

Al próximo día las cosas se pusieron peor; había muy poco viento y la nube de humo colgaba sobre la superficie; los gases sulfurosos nos alcanzaron en nuestro campo y nos causaban gran incomodidad, especialmente al comer, pues los alimentos sabían a azufre y a huevos "a la francesa".

La próxima mañana amaneció brillante, soplaba una fuerte brisa del noroeste y el ascenso era libre. Partimos, Boevin, Mosquera y yo con dos indios escogidos; llevábamos una palendra y como provisión, algo de panela, que, como alimento productor de calor, es el mejor en estos altos viajes. Me puse ( y lo menciono por cierta razón, a la manera de los escoceses de las tierras altas)un gran abrigo de los pastores de Paisley, que había desafiado la nieve del Ben Nevis y era suficiente para los Andes.

Caminando por esos campos de ceniza, en los que se hundían los pies, tuvimos gran dificultad en cruzar una cañada al pie del cono; las avalanchas, sin embargo, habían dejado nada más que las piedras en sus rampas precipitosas, y las pudimos cruzar con seguridad. Las solfataras soplaban furiosamente y los humos azufrados eran muy fuertes. El suelo estaba muy caliente, y cuando una vez me detuve un momento para mirar en sus gargantas bellamente cubiertas de azufre dorado, creí que se me quemaban las botas. Nos apresuramos y seguimos el ascenso diagonal hacia La Horqueta; allí el caminar era más fácil porque la nieve fundida había barrido el material suelto y denudado el terreno firme. En la mitad del ascenso se enfermó Boevin; lo tuvimos que dejar bajo la protección de una gran roca; y seguimos. Al alcanzar La Horqueta 14.130 pies (4.305 metros). Mosquera empezó a quejarse, pero yo lo animé. El filo que conducía al cráter era de buen piso, aunque erguido (20° grados) y había algo de nieve –cuatro a seis pulgadas- debido a que el espinazo de la cuchilla era de roca y no había sido calentado como el resto del cono. Después de ascender otras doscientas yardas Mosquera declaró que no podía seguir y que si yo no lo dejaba devolverse, se moriría y nunca volvería a ver a su mamá; le dije que se fuera, y se fue.

Hasta aquí la brisa nos había favorecido del humo pero ahora empezó a flaquear y las guirnaldas de humo bajaban y nos envolvían; era asfixiante; cubríme boca y nariz con mi pañuelo y los indios usaban las faldas de sus camisas; cuando nos alcanzaba un soplo más fuerte, nos tirábamos contra el suelo y levantábamos una pequeña barrera de nieve delante de nuestros restos; podíamos únicamente ganar 20 o 30 yardas en cada esfuerzo; por último pensé que tendría de dejarme vencer; estaba medio asfixiado y los ojos me ardían dolorosamente. Echado contra el suelo sentí una fuerte brisa, y, mirando al través de los dedos, vi adelante unas rocas que sobresalían; me supuse que estaban en el borde del cráter y, aspirando una buena bocanada de aire fresco, hice un último esfuerzo para alcanzarlo. Seguramente era el borde del cráter y yo me dejé caer súbitamente en manos y rodillas, por que no tenía el más mínimo deseo de caer en él. No puedo describir adecuadamente lo que ví. Tal inmensidad de llamas queda fuera de toda descripción. El ruido debía ser terrible, pero no lo oí porque estaba demasiado ocupado en mirar. Concentré todas las facultades en el ansia de ver cómo de esa cosa terrible, y esto es lo que yo ví:

El fondo del cráter era de un rojo oscuro y apagado; la salida de los gases y el vapor era invisible, porque no había condensación, ni llamas: todo el fuego estaba arriba. A los dos tercios del fondo aparente la violencia enorme de las llamas saltaba hacia el cielo en furiosa velocidad; de ese punto, el centro de combustión, las llamas dardeaban hacia abajo. Cómo habría de dirigirse en ese sentido, cómo se retorcían y relampagueaban, cómo las lenguas poderosas de fuego parecía que quisiera penetrar el pavoroso abismo que jamás alcanzaban, es imposible de describir. Todos los colores del espectro eran visibles, espléndidos, brillantes! Experto en el soplete, yo pensaba “ahí hay cobre, sodio, estroncio, potasio, magnesio, cromo, níquel, todo lo que colora la llama!” El relampaguear y asaetar de las llamas era parecido a lo que algunas veces se ve en las auroras boreales.

Había visto lo que había de ver; volvíme adonde estaban los indios, aun echados contra el suelo y dándoles de puntapiés y gritándoles que si ellos no subían nadie me creería, los induje a correr hacia arriba y mirar una vez. Volvieron caras aterrorizados y se despeñaron hacia abajo. Yo los seguí y no paramos hasta alcanzar La Horqueta; allí buscamos limpia nieve escondida en las grietas de las rocas y nos pusimos a comerla con panela para limpiar las gargantas; absorbimos la nieve. por las narices para aliviar al ardor, y, después de un corto descanso, descendimos al campamento. Allí nos estuvimos el resto del día mientras los indios se fueron al pueblo a traer los caballos. La próxima mañana, al buscar el pañuelo que me había servido de máscara el día previo, y que había colgado a secar, cayó en trizas, completamente quemado por los gases ácidos. Los dibujos negros en las puntas de mi sobretodo se habían tornado amarillos, pero el material no había sufrido. Yo tenía un ardor molesto bien abajo en mi pulmón izquierdo, y aun ahora, treinta y tres años después de esta excursión, los médicos que me examinan dicen que tengo un pedazo de pulmón seco que se adhiere a la pleura. Y esto lo menciono únicamente como una prevención a los exploradores de volcanes para que no estimen por lo bajo el poder corrosivo de los gases.

En mi vuelta a Popayán dí mi informe al Gobierno, que fué publicado en los periódicos oficiales de Popayán y Bogotá; en él expresé mi opinión de que la erupción fue una de vapor y de gases únicamente que tenía libre salida y que, en tanto que no se formase lava, no habría prácticamente ningún peligro para los Distritos aledaños al volcán.

Después de la explosión apareció que un gran pedazo de la cima del cono, en su cara occidental, faltaba, como lo muestra mi dibujo; estimé aproximadamente su contenido cúbico en ocho millones de yardas. Este gran trozo no se deslizó hacia afuera y, por consiguiente, debió haber caído dentro del cráter pero, como la catástrofe sucedió en la noche, no se sabe si el deslizamiento fue causado por los primeros temblores de la erupción o si la masa cayo en la garganta dcl volcán, obturándolo, e induciendo así, la explosión. Lo que es claro es que esta enorme masa fué expelida del volcán por una fuerza que representa miles de millones de caballos.

El Puracé está ahora en erupción activa y formando lava. frecuentemente explota, llueve mucha ceniza que contiene olivina y augita, lo que tomo como evidencia de rocas fundidas.

El Puracé es fácil de divisarlo y úno dedicado a las ciencias encontraría la excursión tan instructiva como interesante.
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Publicado por Gabriel Ruiz A. Coordinador y blogger de la TERTULIA WHITE . Sept. 9, 2007.